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Al amanecer, la plaza estaba fría y casi vacía. De la fuente cayó una gota, y después otra. No salió más agua. Al fondo, el Bosque de Niebla estaba cubierto por una niebla espesa. Nadie podía ver sus árboles.
El general Ardan llegó con varios guardias. Miró la fuente seca y luego miró el bosque. —Antes de que anochezca, cerraremos la entrada —anunció—. Es la respuesta convencional cuando un lugar se vuelve peligroso. Lía escuchó en silencio, pero no aceptó sus palabras.
Lía llevaba la pequeña linterna de su madre. La había guardado durante años. Esa mañana, la llama había temblado y se había vuelto más brillante al mirar hacia el bosque. Lía dio un paso hacia Ardan. —General, mi linterna reaccionó. Déjeme investigar antes de que cierren la entrada. Tal vez el bosque necesita ayuda.
Ardan cruzó los brazos. —¿Ayuda? ¿Y cuál es su plan? —preguntó—. No puedo permitirle entrar en el bosque por un supuesto plan de aventura infantil. Lía, usted es valiente, pero ser valiente no es suficiente. Le exijo una prueba de que su idea puede proteger al pueblo.
Lía sintió que todos la miraban. Abrió la linterna con cuidado y la levantó. La llama no se apagó con el viento. Se inclinó lentamente hacia el bosque, como si señalara un camino. Entonces brilló con tanta fuerza que la luz apareció sobre las piedras de la plaza. Ese hecho puso de manifiesto que la linterna respondía a algo real.
Ardan observó la llama durante un largo momento. Después bajó los brazos. —Tiene hasta la puesta del sol —dijo—. Investigue y vuelva antes de esa hora. Si no regresa, cerraré la entrada. Mientras tanto, prepararé a los guardias. Lía asintió y tomó la linterna. Tenía permiso para entrar en el bosque, pero el tiempo ya empezaba a correr.
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