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Por la mañana, Marta llamó a Leo al despacho de la Casa Azul. El despacho estaba junto a la entrada. Allí guardaba el dinero de la casa en un cajón con llave. Marta cerró la puerta y sacó la llave de su bolsillo. Su cara estaba seria.
Marta abrió el cajón y tomó un sobre blanco. Era el sobre de una colecta para el refugio de animales del pueblo. Lo abrió delante de Leo. El sobre estaba vacío. Marta explicó que dentro había un billete de veinticinco euros.
Leo miró el cajón y después miró la puerta. La cerradura no estaba rota. La puerta tampoco tenía marcas. Alguien había entrado con una llave o había encontrado la puerta abierta. Leo preguntó quién había entrado en el despacho durante la mañana.
Tomás llegó primero a la puerta. Parecía nervioso. Dijo que había entrado para tomar papel para la cocina. Después, Nora entró para hablar con Marta sobre su actuación en la celebración del pueblo. Los dos tenían una razón normal para estar allí. Leo escuchó sus respuestas con atención.
—No vamos a acusar a nadie sin pruebas —dijo Marta—. Tomás es joven y está nervioso, pero eso no demuestra nada. Nora también puede explicar su entrada. Primero debemos mirar los hechos y hacer preguntas honestas. Leo asintió. Él sabía que una sospecha no era una prueba.
Marta le dio permiso para investigar. Leo volvió a mirar el sobre vacío, el cajón y la puerta. Ahora sabía exactamente qué faltaba: un solo billete de veinticinco euros. También sabía que Tomás y Nora habían podido entrar en el despacho por motivos legítimos. La investigación podía empezar, pero Leo tendría que descubrir la verdad sin acusar a nadie demasiado pronto.
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