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Antes del amanecer, Leo se despertó en la casa pequeña de Lumbre. Oyó un sonido suave junto a la cuna. Era Inés, su bebé. Leo se acercó con cuidado. Una luz gris entraba por la ventana. La niña estaba allí, pero no tenía sombra junto a la cuna. Leo miró el suelo otra vez. La sombra no estaba.
—¡Papá! —llamó Leo. Tomás llegó con una vela en la mano. Se inclinó sobre Inés y tocó su frente. Después tomó a la bebé en sus brazos. Inés abrió los ojos y bebió un poco de leche. Pero estaba muy débil. Tomás la acostó de nuevo y la cubrió con una manta.
Tomás miró la cuna con miedo. —La sombra de una persona protege su salud y su vida —dijo en voz baja. —La magia del bosque tomó la sombra de Inés durante la noche. Leo no entendía cómo podía pasar algo así. Miró a su hermana y vio su pequeña cara cansada. —¿Podemos traerla de vuelta? —preguntó.
—Sí, pero debemos encontrarla antes del amanecer —respondió Tomás. —La magia necesaria está en la torre de la luna. El camino pasa por el bosque, y la puerta está cerrada. Tomás apretó los labios. Él conocía las historias del bosque y tenía miedo de la magia antigua. Leo, en cambio, se puso de pie.
—Voy contigo, papá —dijo Leo—. Inés es mi hermana. No puedo quedarme aquí. Tomás quiso decir que no, pero vio la decisión en los ojos de su hijo. También sabía que el tiempo era corto. Preparó una manta limpia y envolvió a Inés con mucho cuidado. La niña se movió un poco y volvió a cerrar los ojos.
Tomás tomó a Inés y Leo abrió la puerta de la casa. El aire de la noche era frío. Los dos salieron juntos. Leo caminó al lado de su padre y miró el cielo, donde la oscuridad empezaba a cambiar. Debían llegar a la torre de la luna antes del amanecer. Allí recuperarían la sombra robada de Inés.
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