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Alba estaba tranquila al caer la tarde. En lo alto de la torre, la campana de la luna daba una luz suave sobre los tejados. Nora subió los últimos escalones con su maestra, Elia. La joven conocía bien aquel lugar, pero esa tarde sentía una preocupación difícil de explicar.
Elia abrió la puerta de la sala y se detuvo. La campana no estaba en su sitio. Solo quedaba una marca oscura sobre la piedra, como un círculo quemado. Nora miró el espacio vacío y comprendió que algo muy importante faltaba. La luz de la torre también era más débil que antes.
—La campana protege a Alba —dijo Elia—. Su luz ya ha empezado a desaparecer. Si no la recuperamos, se apagará por completo en la próxima medianoche. Nora sintió frío, aunque la torre estaba cerrada. Sabía que debían actuar pronto, pero nunca había usado la magia de la campana fuera de sus lecciones.
Ivo llegó corriendo por las escaleras. Era el hermano menor de Nora y siempre veía cosas pequeñas que otros no veían. Señaló la ventana abierta. En el suelo había una pluma negra. Cerca de ella empezaba un camino de ceniza fría, que cruzaba la sala y salía por la ventana. Ivo tocó la ceniza y retiró la mano enseguida.
Elia sacó un libro pequeño de su manto. La cubierta estaba gastada y tenía signos antiguos. —Aquí están los signos básicos de la lengua de la campana —explicó—. Tú los has estudiado. Ahora deberás usarlos para encontrarla y traer su luz de vuelta. Nora tomó el libro con las dos manos. Tenía miedo, pero no quería que Alba quedara en la noche.
Los tres salieron de la torre. La ceniza formaba una línea clara por las piedras y bajaba hacia el camino que salía de Alba. La luz de la campana tembló sobre ellos y volvió a hacerse más débil. Nora guardó el libro y miró el sendero oscuro. La medianoche era el límite. Sin perder tiempo, siguió la huella hacia el bosque.
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