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Nara salió de Lumbre cuando el cielo empezó a oscurecerse. La chispa real había desaparecido al amanecer. El Rey Sombra la había robado. Sin ella, las sombras podían llegar al reino antes de la puesta del sol. Nara era la única aprendiz que podía llevar la chispa sin peligro. Ahora debía encontrar el agua mágica del Pozo de la Luna. Después, tendría que volver a Lumbre y salvar a su gente.
Nara entró en el Bosque de los Susurros. Los árboles se movían con el viento. Sus hojas parecían hablar en voz baja. Nara siguió un sendero estrecho entre las raíces. Pronto oyó agua. Llegó a un pequeño manantial. El agua brillaba bajo el cielo oscuro. Nara se acercó y miró la superficie. Entonces vio una sombra clara que subía desde el agua.
La figura tomó la forma de una mujer hecha de agua y niebla. Era Bruma, el antiguo espíritu del río. Nara no se movió. Bruma la miró con ojos tranquilos. “El Pozo de la Luna puede ayudarte”, dijo el espíritu. “Su agua puede mostrar y fortalecer la magia verdadera. Pero solo ayudará a alguien que entienda por qué debe salvar la chispa.” Nara quería entender sus palabras, pero también sentía miedo de no tener suficiente poder.
“Quiero salvar la chispa porque soy una maga”, respondió Nara primero. Bruma no dijo nada. El agua siguió moviéndose entre las dos. Nara bajó la cabeza y pensó en Lumbre. Pensó en las casas pequeñas, en las personas que conocía y en el miedo que sentirían cuando llegaran las sombras. “No quiero salvarla solo para demostrar que soy poderosa”, dijo. “Quiero salvar a la gente de Lumbre. No quiero que nadie pierda su hogar ni su luz.”
Bruma aceptó su respuesta. La niebla alrededor del manantial se volvió más clara. “Ahora entiendes”, dijo. “La magia verdadera no nace del orgullo. Nace del cuidado.” El espíritu levantó una mano de agua. Una parte de la tierra se movió junto a las raíces de un árbol. Allí apareció una puerta estrecha y oscura. Detrás de ella había un camino de piedras que descendía entre los árboles.
Nara miró el camino escondido. Al final estaba el Pozo de la Luna. Aún no podía verlo, pero sentía su magia en el aire. Comprendió que la preocupación sincera por Lumbre era la clave para usar su agua. Bruma se quedó junto al manantial mientras Nara entraba en el sendero oculto. El cielo seguía oscureciéndose, y la joven aprendiz avanzó hacia el Pozo de la Luna antes de que llegara el atardecer.
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